La vida es puro sentimiento, es el motor máximo según el que nos guiamos. Acudimos a aquello que nos provoca bienestar y paz interior como si fuera la luz al fondo de un túnel.
Muchas veces solemos exaltar esas sensaciones de auténtica felicidad que nos vienen a veces. Pero y por qué no vamos a hacerlo? esa clase de sensaciones es lo único que buscamos en la vida. Ya que pensar en la felicidad como un concepto permantente es algo fuera de toda lógica, la felicidad no deja de consistir en esos momentos que se quedan gravados en la retina y en la memoria y que nos sirven de base para nuestra estabilidad emocional. Baste un paseo con una vieja amiga, escuchar a todo volumen un tema que nos haga vibrar por dentro, la euforia que sentimos en el pecho cuando conseguimos algo por lo que hemos peleado tanto, la emoción cuando nos subimos en el coche de un amigo para emprender un viaje o algo tan intenso como cuando por fin damos ese esperado beso.
Se puede hasta decir que vivimos de eso, tan necesario como el aire que respiramos. Y es que la vida para los más valientes es la continua búsqueda de la felicidad, la progresiva construcción del propio ser humano y de una vida completa.
Vivimos y soñamos con esos estímulos. Pero otra cosa es tener luego el valor para atreverse a hacer esto. Muchos nos llamarán ilusos, soñadores, pero esta gente sólo intentará disuadirnos por su acobardada visión de la vida, un miedo a "y si sale mal?" que no deja más que ver quién es el que realmente se atreve a tomar las riendas. Y finalmente todo ello nos conduce a la autoafirmación y autorrealización. Las bases fundamentales para descubrir todos y cada uno de los colores de la vida y lo hermosa que realmente puede llegar a ser.
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